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Terrassa

Embarazada de 7 meses y con la casa inundada de excrementos

Lavarse los dientes era un drama. Fregar platos era un drama, por eso los usaban de plástico y a la pequeña la engatusaban como si aquello fuera un juego. Ha sido un drama lo que ha arrostrado una familia de Sant Pere Nord durante casi tres semanas, desde que las aguas fecales que brotaban de conductos del lavabo, del sumidero de la ducha, del suelo junto al váter, les inundaban de excrementos la casa cada vez que usaban el agua. Y claro, dejaron de usarla. Días atrás, Yolanda, la madre, que está embarazada, no se acordó y realizó el acto reflejo de tirar de la cadena. Y aquello volvió a ser un drama fétido y marrón. Hasta el jueves pasado, cuando unos operarios subsanaron el problema con una cuba. La inmobiliaria que gestiona el alquiler del piso inferior había actuado. Al fin.

Yolanda, su marido, Pablo, y su hija, de 4 años, viven en un piso de la calle de La Seu d’Urgell. En un segundo piso de una finca de dos plantas, la baja y la suya. Yolanda, embarazada de siete meses, cuenta con los ojos humedecidos su desazón por una situación que ha obligado a la familia a adentrarse en prácticas higiénicas antiquísimas por estos lares: hacer sus necesidades en bares o casas de familiares, lavarse como los gatos, abriendo el grifo con cuidado, para que no caiga una sola gota al desagüe, bañarse (es un decir) en la bañerita de la niña y luego sacar poco a poco el agua resultante y arrojarla en una alcantarilla o en la terraza, y hacer lo mismo con el agua de lavarse las manos, y con la de enjuagarse los dientes, y…

Y nadie les daba una solución a un problema que, según técnicos que inspeccionaron las tuberías de la casa, no tenía su origen en la vivienda de la familia damnificada, "sino más abajo". O sea, en el piso inferior, una vivienda sin habitar que gestiona una agencia inmobiliaria y que, al parecer, es propiedad de un banco. Y que había estado okupada. O allí, en la planta baja, o en la calle. El piso de la planta baja está anegado, según le consta a la familia. Destrozado.

La urgencia cotidiana
Pablo se duchaba en el gimnasio. Yolanda y la niña, en casa de la madre de Yolanda. "Hoy vamos a casa de la yaya, qué guay. Y mañana al gimnasio". Como una aventura. Y así fueron trampeando esa urgencia cotidiana, ese trance de una desventura doméstica de desazones. La familia tramitó unas cuantas reclamaciones y presentó una instancia al Ayuntamiento, y llamó a la Policía Municipal. La inmobiliaria les informó de que una cuba intervendría en breve. Ellos siguieron esperando. Hasta el jueves.

"Si lavábamos platos, los excrementos salían por la ducha", explicaba Yolanda con mirada de congoja junto al parqué levantado por las inundaciones excrementicias. No echaban agua por los desagües, al menos no de forma consciente, desde el lunes 12 de noviembre. El desaguisado comenzó antes, cuando los tubos dejaron de absorber. El 5 de noviembre empezó el escándalo de heces. La familia contactó con su compañía de seguros. Creía que aquella obstrucción era algo leve, subsanable, pese a que en la casa se había acumulado un palmo de líquido que Yolanda y Pablo achicaron como pudieron: con recipientes, con fregonas, con papeles, con toallas que debieron tirar luego a la basura. Unos técnicos se presentaron al día siguiente. Sacaron el váter, echaron agua a presión. Revisaron los conductos con unas cámaras. El problema estaba "más abajo", concluyeron.

El piso inferior era de un joven que apenas llegó a vivir allí. Luego llegaron otros moradores en régimen de alquiler, pero los impagos de inquilinos al dueño, y del dueño al banco, convirtieron la vivienda en una más de las miles objeto de desahucio y traspaso de propiedad a entidades bancarias. Los inquilinos se fueron pero se llevaron la llave, y un familiar se hizo con la casa y la okupó durante dos años, hasta que se ejecutó un nuevo desalojo. Hace un año y medio que la vivienda está deshabitada.

Yolanda y Pablo tenían miedo por la inseguridad generada por aquella interinidad. El 1 de septiembre pasado observaron movimiento en la vivienda de abajo. No eran okupas. Eran trabajadores de una agencia. Iban a arreglar la casa. Cambiaron el parqué, pintaron el patio. Pusieron la vivienda en alquiler. Y en alquiler estaba cuando se armó la que se armó el 5 de noviembre. Luego fue a peor la cosa: "Salía agua y más agua. No podíamos poner lavadoras, ni ducharnos, ni tirar de la cadena. ¡Nada!"

Un agente inmobiliario acudió al inmueble. Yolanda le imploró una solución con lágrimas en los ojos. "Yo no puedo seguir así", dijo, y se palpaba el vientre creciente. El jueves por la mañana vio una furgoneta junto a la puerta y la esperanza se abrió camino. Venían a intentar solucionar aquello en el piso de abajo, pero algo pasó con las llaves que llevaban. No podían abrir. "Por favor, no os vayáis", suplicó Yolanda. No se fueron. Al mediodía el embrollo estaba solventado, en principio. Yolanda estaba radiante. "Toca el pelo, qué limpio", decía tras casi tres semanas de angustia.

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