09 de setembre de 2015
La concesión del servicio de transporte público de Terrassa está prorrogada como consecuencia de un concurso fallido al que finalmente el Ayuntamiento renunció. No es necesario entrar en analizar nuevamente los pormenores de la gestión del concurso por parte del Ayuntamiento; ya hemos comentado en diversas ocasiones que los errores fueron graves tanto en el plano político como en el administrativo. La cuestión ahora está en que lo que está en cuestión es el modelo de gestión. En el anterior mandato se tomó la decisión de convocar un concurso que se pretendió llevar hasta sus últimas consecuencias y hasta tres veces fue impugnada la elección de la empresa concesionaria por el tribunal de contratos. Fue también en el anterior mandato cuando se decide renunciar al concurso, acción para la que el Ayuntamiento está facultado por la ley y el alcalde ya anunció que valoraba la posibilidad de municipalizar el servicio. El criterio que había llevado a la convocatoria de un concurso público cambió de forma radical. De una gestión privada con una participación municipal se pasa a decidir que la gestión debe ser pública. Ahora se dice que la mejor solución puede ser la de una empresa mixta. El problema no está en qué modelo escoger, sino en que no se sabe cuál debe ser el modelo ni cuál nos podemos permitir.

La misma reflexión se puede hacer sobre el modelo de gestión del suministro del agua. Todavía no se ha tomado una decisión sobre si debe ser público, privado o mixto (todo parece indicar que será la última la opción que se escogerá), pero es que el proceso de decisión no ha empezado todavía: se debe designar un comisionado que comande una hoja de ruta que incluye la elaboración de informes jurídico-administrativos y complejas valoraciones y que debe desembocar en un referéndum del cual no se sabe si será vinculante o no. El final de la concesión es el 31 de diciembre de 2016 y eso se sabe desde hace 75 años.

Quizás sea necesario decidir qué ciudad queremos, qué gestión queremos de los servicios públicos y diseñar una hoja de ruta a medio o a largo plazo que posibilite alcanzar ese objetivo. Lo preocupantes es que se tomen decisiones tan importantes sin previsión, sometidos a la presión del tiempo y condicionados, por ejemplo, por unas circunstancias económicas que impiden aplicar políticas que se defienden en los discursos, pero cuya aplicación constituye un riesgo evidente. La política también es sentido común.
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