Solo me he disciplinado para una cosa en la vida: llegar a tiempo. Soy puntual", afirma Josep Maria Espinàs. Cuando va a un lugar, sale unos quince minutos antes del tiempo que necesitará para el desplazamiento, en previsión de retrasos imprevistos. Si no los hay, "pues tengo quince minutos de libertad, para dar una vuelta, ver las tiendas.Y cuando faltan dos minutos para la hora, llamo al timbre. Ya que no tengo horarios de trabajo, busco así tiempo libre para compensar". No pudo hacerlo el miércoles en Terrassa. Un taxi le dejó a la hora en punto en la puerta del Museu de la Ciència i de la Tècnica, donde fue recibido por su director, Jaume Perarnau. Dentro, le esperaba una sala repleta de gente con ganas de escuchar a uno de los escritores en lengua catalana más populares y leídos de todos los tiempos.
La charla de Espinàs vino motivada por la exposición "Màquines d'escriure", y el hecho de que este "analfabeto informático", a tres meses de cumplir los 90 años, sigue escribiendo exclusivamente con su Hispano-Olivetti Studio 46. "Le tengo un gran afecto, Gracias a ella puedo continuar haciendo lo que hacía cuando era joven." Siempre la ha utilizado, salvo en la época (la década de 1950) en que hacía novelas. "Entonces me iba a escribir a los bares, con bloc y bolígrafo."
Espinàs fue respondiendo a las preguntas que le planteaba la periodista Montse Prat, con jugosas intervenciones desde la primera fila de su editora y escudera, Isabel Martí. Gracias a ella supimos que no hace copia de sus textos. "Una vez llamaron del diario Avui porque habían perdido un artículo. 'Ya voy'.En el taxi avanzó alguna cosa, y en el periódico hizo otro artículo. La velocidad y la precisión de su pensamiento es su gran arma". Espinàs sigue con la Olivetti, pero, ahora, el hijo de la editora "lo pasa como Dios manda, porque el diario ya estaba harto de manuscritos".
Disciplina involuntaria
¿Su proceso de trabajo? Pues casi no existe, en este escritor que ante la literatura exhibe una campechanía superior a la de Josep Pla. "Escribo en el momento más inesperado. Comienzo, y si está lista la sopa, paro y luego me vuelvo a poner. No tengo ninguna disciplina. O es una disciplina involuntaria. Te encuentras con un cerebro preparado para escribir, sin más pretensiones que decir cosas que pueden interesar a gente que desconoces."
Asegura tener la "inmensa suerte" de no pensar antes de escribir. "A partir de un punto, tecleo, tres o cuatro palabras, y no sé donde me llevarán. Con el tiempo, recibes alguna cosa misteriosa. No es inteligencia ni sensibilidad, sino un instinto que hace que te conviertas en un profesional, y me he formado como tal sin proponérmelo."
En la década de 1980, Espinàs había impartido clases de expresión y comunicación en el CIC. La directora de esta añorada entidad, Montse Malgosa, estaba entre el público, y surgieron los recuerdos de esa época en que venía a Terrassa. Preparaba las clases con los croissants que compraba en la pastisería Cal Roigé de la Font Vella, 42). "Pienso que los alumnos se lo pasaban bien. Tengo un recuerdo magnífico, también porque antes me iba a buscar la merienda, y podía conocer un poco la ciudad."
También pudimos saber que Espinàs apenas hace correcciones; que, de televisión, solo ve noticiarios y concursos; que cuando ha acabado un artículo se pone canciones, "algunas son auténticas obras literarias"; que lee poco,y su libro de cabecera es el "Diccionari etimològic" de Joan Coromines. "Los argumentos no me interesan".
Y también, a preguntas del público, que las cintas de la Olivetti le salen cada vez más secas, y que, al contrario de Quim Monzó, no ha buscado un técnico para le pusiera la ela geminada, y que tiene los mismos muebles de cuando se casó. "¿Cómo lo sabe? Me han preguntado de todo, pero sobre mis muebles, nunca. ¡Había de venir a Terrassa para que lo hicieran!".
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Publicat el
01 de desembre de 2016 a
les 21:26
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